Notas para la intervención de S.E. la Presidenta de la República en la cena inaugural del seminario “América Latina en la perspectiva estratégica”.
Lunes 3 agosto 2009.
Deseo manifestar mi agradecimiento por la invitación que se me ha extendido a este seminario.
Nos permite compartir algunas reflexiones sobre las cuales hemos estado trabajando durante estos años.
Pero también me permite reunirme nuevamente con amigos de muchos años, y volver a encontrarme con los representantes del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, hasta donde concurrí siendo Ministra de Defensa, y continuar así una relación que me parece importante.
El abordaje de la situación estratégica de América Latina desde una perspectiva global, debe partir de un dato esencial fundamental: la región se ha consolidado hoy como parte de la solución, y no como parte del problema estratégico internacional.
No se trata, evidentemente, una zona donde haya ausencia de conflicto.
Hoy observamos un resurgimiento de algunos flashpoints que hasta comienzos de esta década creíamos en proceso de superación, existen graves problemas de seguridad pública y, a diferencia de otras zonas con problemas estratégicos más preocupantes, como Asia Nororiental o el Sudeste Asiático, se avanza demasiado lento hacia el desarrollo.
Pero América Latina se ha consolidado como una zona libre de Armas de Destrucción Masiva, esto es nucleares, químicas y biológicas.
Por eso, hoy se la reconoce internacionalmente como una de las pozas zonas de paz del mundo, y me parece justo que cualquier análisis sobre la situación estratégica latinoamericana reconozca esta conquista regional.
Junto a esto, quisiera comenzar recordando también aquí al antiguo Carl Von Clausevitz, porque de todas sus buenas ideas, hay una que me sigue pareciendo muy sabia, y es la de no olvidar que la reflexión estratégica debe estar siempre subordinada a la política, porque no existe problema de seguridad, estratégico o militar, que pueda escapar a la centralidad de lo político.
Por eso que no es posible pensar el momento estratégico si no entendemos y tenemos presente el momento político global y regional, y éste se puede resumir en dos ideas, en dos datos sobre la política internacional, una de carácter estructural y otra de carácter coyuntural:
La primera idea -y un dato estructural fundamental- es que el sistema internacional ha comenzado a transitar desde la primacía indiscutida de los Estados Unidos, hacia una nueva estructura que aún no se ha perfilado con claridad, pero que seguramente tendrá un carácter multipolar.
Algunos han aventurado que incluso podría ser “apolar”. Otros proclaman el fin de la primacía con mucha fuerza e incluso con alegría.
Pero debemos ser más prudentes. Esta transición va a ser lenta, porque avanza al tempo de los estados. Por eso, si bien este año se ha consagrado en el G-20 el ascenso de las nuevas potencias emergentes, Estados Unidos va a continuar siendo la principal economía global y potencia militar por mucho tiempo más.
Pero aunque el futuro aún está por ser construido, sí tenemos algunas lecciones del pasado que nos dan algunas pistas, y como nos recordaba hace ya muchos años la literatura realista, la multipolaridad es más inestable que la bipolaridad o la unipolaridad.
¿Y qué significa esto? Bueno, que ustedes van a tener mucho más trabajo.
Porque lo que se nos anuncia es una clara demanda por una gestión política y estratégica internacional de mayor sofisticación, lo que me lleva al segundo dato para vuestro debate:
La actual crisis económica internacional es la consecuencia de una crisis mucho más compleja de lo político y de lo público en el campo internacional.
Este es un tema sobre el cual en Chile hemos venido luchando desde hace varios años, y este año más que nunca, y que quiero reiterar esta noche: no es posible gobernar la globalización sin una voluntad política clara y fuerte de todos los actores, superpotencias, potencias, potencias medianas y pequeñas- para construir los acuerdos globales necesarios para gobernar el Siglo 21
Creo sinceramente que después de una década en que el liderazgo global no fue capaz o no quiso entender esta necesidad urgente de la globalización, al fin se ha producido un cambio y la Administración del Presidente Barack Obama ha reconocido la necesidad de relanzar el multilateralismo.
Sin embargo, el precio que hemos pagado por no haber construido los acuerdos a tiempo ha sido gigantesco.
Hemos tenido que enfrentar la peor crisis económica global de los últimos 60 años.
Hemos tenido que comenzar a negociar a última hora un acuerdo urgente para impedir que el calentamiento global no supere los dos grados Celsius.
Y tenemos ad portas otras crisis que pueden terminar siendo aún más graves.
Como la posibilidad cierta de un fracaso definitivo de los regímenes de desarme y no proliferación, o el surgimiento de una crisis social global con consecuencias bastante más serias que las vistas hasta hoy. O el debilitamiento de los regímenes democráticos de reciente data.
En todos estos problemas encontramos un denominador común: el fracaso de la mirada neoliberal que propuso e impuso la idea de que la globalización y cada uno de los estados podía y debía autorregularse.
Que bastaba con golpes de unilateralismo –no olvidemos el preemptive strike-, o que las democracias no necesitaban estados fuertes, y mucho menos políticas sociales.
Por eso debemos actuar hoy para detener este descarrilamiento y enrielar la globalización.
Y la idea es simple: debemos pasar a una segunda etapa de la globalización.
Una segunda etapa construida sobre reglas multilaterales, lo que nos exige estados fuertes y mercados robustos, o como he dicho, más y mejor estado, más y mejor mercado.
En esta perspectiva, la crisis nos han planteado un enorme desafío, que estamos enfrentando -y en Chile con bastante éxito-, pero también se ha convertido en una enorme oportunidad para reconstruir el multilateralismo.
Es por eso que este año hemos ingresado en una nueva etapa, cuya señal más evidente ha sido el G-20 y el esfuerzo global para dar una respuesta global a la crisis, pero no se ha agotado allí.
La Administración Obama está mostrando una voluntad consistente para avanzar hacia el abordaje de la agenda global que había sido postergada, lo que ha terminado por destrabar y reanudar el resto de las negociaciones internacionales más urgentes: sobre desarme y no proliferación, sobre cambio climático y un green recovery.
Esperamos que este impulso continúe y que también podamos concluir en breve las negociaciones sobre comercio en la OMC; que retomemos con fuerza el trabajo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y que también pongamos fin a lo que Larry Diamond ha calificado muy bien como la “recesión democrática” y que se encuentra en el centro de los problemas que enfrenta nuestra América Latina y sobre lo cual volveré más adelante.
En fin, la agenda global es muy extensa.
Pero lo central, para este seminario es lo siguiente, y aquí volvemos a Clausewitz: con la crisis del modelo neoliberal, y la reinstalación de la política y de lo público en el centro de la globalización, hemos comenzado a conjurar el más grave de todos los peligros: el de la implosión de la globalización.
Creo que entre septiembre y noviembre del año pasado estuvimos cerca del abismo, y que hoy hemos conjurado ese peligro.
Pero cualquier análisis sobre el momento estratégico global y regional debe comprender este segundo dato central del momento internacional.
Es por eso que lo que se ha abierto ahora es entonces un periodo de gran fluidez política internacional.
Estados Unidos y Rusia han retomado conversaciones estratégicas y ojalá alcancen un acuerdo este año y se avance también en torno al futuro de la OTAN. Porque aunque Rusia ya no es el segundo polo del sistema, ese acuerdo será muy, muy importante para desenredar la cuestión iraní y –por tanto- la del Medio Oriente.
Lo mismo podemos decir del diálogo del ahora llamado G-2, entre Estados Unidos y China, decisivo para el balance económico global, pero también para la difícil gobernabilidad del Asia Central.
Se ha iniciado una dinámica que esperamos permita avanzar en la resolución de todo el problema estratégico encadenado e interrelacionado que hoy existe desde la Península de Corea, hasta el Medio Oriente.
En definitiva, el nuevo cuadro político ha abierto así una ventana de oportunidad para abordar, después de casi una década, los principales desafíos estratégicos interrelacionados: la amenaza terrorista, la detención de la agenda de Desarme y No Proliferación, la agenda de conflictos regionales y la agenda de seguridad generada por nuevos problemas globales.
Amigas y amigos,
Como señalé al comienzo, América Latina es relativamente inmune a la dinámica estratégica global, pero la región tiene sus propias luces y sombras, y una agenda importante de desafíos estratégicos y de seguridad.
Veamos primero los avances, y luego los desafíos.
América Latina vive la paradoja de que a pesar de vivir la experiencia democrática más prolongada de su historia, así como un manejo de la economía y las políticas sociales que ha significado que entre el 2002 y el 2008, 37 millones de latinoamericanos hayan dejado la pobreza.
Pero al mismo tiempo, en los últimos 25 años ha habido cerca de 20 interrupciones de gobiernos legítimamente electos, aunque hasta la crisis de Honduras, los tradicionales golpes de Estado que conocimos en la Guerra Fría que cambiaban el régimen democrático por otro autoritario, habían sido reemplazados por crisis políticas que habían derribado presidentes, pero que habían mantenido los regimenes democráticos.
En este mismo periodo, la democratización y la integración han impactado positivamente el ambiente estratégico regional.
En Centroamérica la Guerra Fría fue superada gracias al Proceso de Contadora y en América del Sur los acuerdos argentino-brasileños a mediados de los 80 terminaron con la amenaza de una carrera nuclear.
Con ello se transformaron relaciones centenarias de conflicto geopolítico en relaciones de integración y cooperación y, en ambos casos, se inició un proceso de construcción de regímenes de seguridad cooperativa bilaterales, subregionales y regionales a lo largo y ancho de toda la región, que se sumaron al régimen continental de seguridad colectiva establecido luego de la Segunda Guerra Mundial y a los avances alcanzados por el Tratado de Tlatelolco.
Por eso, América Latina disfruta hoy de una arquitectura de seguridad compleja, colectiva y cooperativa, que permiten una estabilidad relativa, con un grado de institucionalización importante.
Nuestros desafíos en el ámbito de la seguridad radican entonces en que seamos capaces de trabajar en tres planos.
Por un lado, es necesario consolidar las democracias latinoamericanas. Esta es la variable independiente. Creo firmemente en eso. Y como bien señala la teoría politológica, las democracias consolidadas no hacen la guerra entre ellas.
Eso nos exige terminar la transición desde lo que DavidPion-Berlin denomina el “control político de los militares”, hacia lo que Meter Feaver y Thomas Bruneau denominan la “gestión de la defensa”, y lo que yo denominaría en un sentido más amplio, la gestión de todo el sector de seguridad, un ámbito en el cual en Chile hemos avanzado sustantivamente.
El segundo desafío en la región es continuar fortaleciendo y profundizando la institucionalidad de seguridad cooperativa, porque tenemos una agenda de seguridad regional mixta.
Esta incluye los problemas de seguridad tradicionales y modernos, como los clásicos flash points interestatales, hasta los problemas no tradicionales, que algunos denominan “nuevas amenazas” o riesgos no estatales, como son el terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado, a lo que debemos añadir los que yo prefiero referir como “riesgos no estatales” globales o regionales, que pueden terminar generando problemas de seguridad.
Me refiero especialmente a las migraciones o incluso, en menor medida, al calentamiento global, entre otros.
En el plano tradicional interestatal, tenemos dos desafíos: por un lado, debemos persistir en el desarrollo de la cooperación en aquellos casos en que persisten tensiones o dilemas de seguridad.
Esto nos exige más transparencia, más medidas de confianza mutua, más ejercicios conjuntos, pero también más y más frecuentes libros blancos de defensa, más transparencia sobre el gasto militar y las adquisiciones.
Esto lo hicimos en el pasado Argentina y Chile, y fue de una gran importancia para contribuir al giro copernicano de nuestra relación estratégica desde el conflicto a la cooperación, y desde allí a la asociación y luego a la integración.
Por eso, en aquellos casos en que se han superado los dilemas de seguridad, como es el caso de Argentina y Chile, pero también de muchos otros países de la región, debemos pasar entonces hacia etapas más avanzadas de cooperación.
En otras palabras, debemos construir asociaciones estratégicas, como hemos sido capaces de hacerlo los 11 países que participamos en la Misión de la ONU en Haití, donde se expresa en toda su profundidad y dificultad la estrecha vinculación que existe entre los problemas del desarrollo y los problemas de seguridad de nuestra región.
Y cuando las condiciones lo permitan, debemos avanzar entonces hacia la construcción de políticas comunes de seguridad y defensa.
Esto, que hasta hace unos años era impensable, hoy ha comenzado a ser una realidad en la región. Gradualmente, es cierto, pero es mejor que así sea.
El ejemplo tangible de que esto es posible, es la creación reciente del Consejo Sudamericano de Defensa, en el marco de la recientemente creada Unión Sudamericana de Naciones.
Por otra parte, también debemos otorgar máxima prioridad a aquella agenda de nuevas amenazas y problemas de seguridad no estatales.
Porque si bien es cierto que en casi todo el continente hoy se puede hablar de Estados que respetan los derechos civiles y garantías individuales, en muchos lugares las personas sencillamente no pueden ejercer dichos derechos ante la coacción del crimen organizado.
El debilitamiento del imperio de la ley ha significado que en muchas partes de Latinoamérica los ciudadanos sencillamente no pueden salir de sus casas ni desplazarse libremente por el territorio.
En otras palabras, el Estado ha fallado en una de sus funciones más básicas y prioritarias.
El crimen organizado, la corrupción, los sistemas judiciales ineficientes, la brutalidad policial –entre otros – son asuntos de los que debemos hacernos cargo si nos preocupa de verdad consolidar y perfeccionar la democracia, por lo que la lucha contra el narcotráfico, las pandillas o el tráfico de armas livianas se han constituido en un área de cooperación fundamental en la gran mayoría de los países latinomericanos.
Amigas y amigos,
Deseo concluir señalando que América Latina puede y debe realizar un esfuerzo para contribuir como región de manera positiva y sustantiva en el debate estratégico global.
Por un lado porque puede hacerlo, y porque this is the right thing to do.
Pero además, porque de verdad siento que estamos en un momento de oportunidad, en todos los frentes que he mencionado.
No nos podemos equivocar. Las oportunidades no son sólo momentos positivos. Las oportunidades marcan puntos de inflexión, de lograr algo o de fracasar en esa empresa.
Hoy tenemos la oportunidad de hacer del mundo un lugar más seguro, si es que avanzamos en la próxima conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear. Pero necesitamos aquellos avances sustantivos, porque la amenaza de mal uso existe.
Al mismo tiempo, existe una oportunidad para mejorar el diálogo global a propósito de la nueva administración norteamericana, y avanzar en diversos frentes estratégicos y de seguridad en su perspectiva más clásica, pero también, en consolidación institucional, en reforzamiento del estado de derecho, en desarrollo y cohesión social, en sustentabilidad ambiental.
Pero insisto, ese esfuerzo puede fracasar y la ventana se puede cerrar.
Y sabemos la consecuencia de ello: un mundo más inseguro, donde los que mayores costos pagan son los más vulnerables.
Pero soy optimista.
Estamos ante una gran oportunidad y así como en Chile hemos demostrado que sabemos abordar una crisis económica como la actual y salir adelante incluso fortalecidos, estoy convencida que como comunidad regional y global también podremos superar estos desafíos.
Muchas gracias.